Alí Primera, crisol de valores universales o la maravillosa aventura de ser revolucionario

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EN HOMENAJE A ALÍ PRIMERA

Mi padre a los cuarenta años se interesó por Viet Nam y por las luchas de los afrodescendientes en Estados Unidos. Siendo obrero petrolero, había carecido de oportunidades para estudiar la geopolítica mundial o la sociología de la gran nación del norte. Entonces quiso leer el libro Raíces de Alex Halley y saber de Ho Chi Ming. Todo por un cartucho que Mamá adquirió en el centro de Maracaibo en uno de sus viajes a comprar telas e hilos. La carátula del enorme casete era anaranjada y negra, con la silueta de un torso soportando una guitarra y el rostro de un hombre de afro y bigotes espesos que cantaba. Era Alí Primera.

Papá, como millones de venezolanos humildes, conoció la geografía universal a través del canto de ese inmenso muchacho falconiano que escrutó en las luchas de los pueblos la exquisita mina de la solidaridad. Palabra más cristiana que cualquier oración religiosa, la predilecta de Jesús, ese sentimiento que nos mueve a actuar a favor de los demás porque no somos felices ante su necesidad. Alí fue maestro de la solidaridad. Militante a morir de su sensibilidad social que en términos revolucionarios no se conforma con lamentarse sino que compromete sus energías con la transformación social, arrancando de raíz las causas de la injusticia. Por eso Alí fue comunista desde temprana edad.

El Chile de Allende y Victor Jara (Canción para los valientes), la Nicaragua sandinista (Agua clara Nicaragua), El Salvador de Arnulfo Romero (Sombrero Azul), Uruguay (Canto Oriental), Bolivia (El Cantor de Bolivia), Cuba (Cuba es un paraíso), Colombia (La Guerra del Petróleo), Brasil (América Latina Obrera), Haití (La noche del jabalí), Puerto Rico (Borincana), todas las naciones hermanas fueron temas de sus canciones y destinos de su amor infinito y su atención. Alí no tuvo límites en su entrega y desprendimiento.

Como el cisne de Rubén Darío, Alí atravesó el pantano de la fama y salió límpido, puro, inmaculado de toda vanidad o avaricia. Los proxenetas de la farándula le tendían emboscadas multimillonarias y Alí las conjuraba llenándose de pueblo. Su mayor adicción era la de estar entre los humildes, su alfa y omega. Su secreto. Por eso cultivó como nadie la verticalidad de principios y la perseverancia, enseñándonos que quien abraza la causa del pueblo lo hace de una vez y para siempre.

Cuando nuestra historia patria se hundía en el doloroso abismo del olvido, la canción necesaria de Alí Primera se transfiguró en poderosa Canción Bolivariana para resucitar al Libertador en la esperanza de la buena gente de este país. Surgió el bolivarianismo como ideología de la posibilidad cierta de construir una nueva sociedad: la Patria Buena.

Cuando nuestros valores culturales patrios eran segregados por la dictadura de los malditos medios de alienación, Alí nos regaló aquel precioso tejido de canciones dedicadas a Luís Mariano Rivera, Pío Alvarado, César Rengifo, Armando Reverón, Sobeida La Muñequera y Armando Molero. Allí se detuvo un rato a beberse un trago de puesta de sol en la costa oeste de Paraguaná y nos dictó cátedra de poesía entre voces de Andrés Eloy Blanco y Aquiles Nazoa.

Cuando la avasallante cultura neoliberal del individualismo nos empujaba en masa al suicidio del amor, Alí emergió solemne de los desiertos océanos de la soledad, con una multitud de pájaros en la melena. Trajo enormes cestas de ternura, de amor por el terruño, por los recuerdos de la infancia y la amistad. Amor por la madre, por los hermanos, por las niñas y los niños, por la ciudad, por el poblado rural, por el paisaje, por la Vida.

Él nos advirtió del mal que nos azota: el imperialismo. Nos dijo cómo quitárnoslo de encima: con la Revolución. Nos enseñó el camino de esa nueva vida: el Socialismo. Es que Alí fue sobre todo maestro.

Por eso, al hablar de valores de la falconianidad que es hablar de valores de la venezolanidad, tenemos que hablar de Alí Primera. Hoy, reivindicar la obra de Alí, pasa por la difusión de sus valores intrínsecos: compromiso revolucionario, solidaridad militante, radicalidad principista, unidad del pueblo, concepción integral-universal de la Patria, revaloración de la cultura popular; y tenemos que partir del reconocimiento de las propias raíces del Padre Cantor, de la tierra, el vientre y el hábitat natural-cultural donde bebió la sabia primaria de su conversión en Precursor de la Revolución. Porque entre estos cardones y tunas, entre estos medanales y anchuroso mar, entre esta paradójica mezcla de tristeza y exuberancia, nació su abrazo eterno al compromiso revolucionario y su talento como creador. Y aquí tiene que venir la Patria toda a verse y reinventarse en la vida y el ejemplo de Alí. Ejemplo que no cesa de señalar los peligros que nos acechan desde afuera y desde adentro. Ejemplo que nos habla de cómo entregarse por completo a la lucha del pueblo con un desprendimiento absoluto hacia los privilegios.

Parafraseando a Fidel Castro, quien al recordar a Che Guevara dijo que quería que sus hijos fueran como él, digamos nosotros que si tuviéramos que escoger un ejemplo de cómo quisiéramos que fuesen nuestros hijos y los hijos todos de esta Patria, pues diríamos sin ninguna duda, que sean como Alí.