Dos genios que se marcharon un jueves santo. Crónica por @leonmagnom

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“Me niego a admitir el fin del hombre”
William Faulkner (Misisipi, 1897-1962)

En una ocasión Gabriel García Márquez dijo que la mejor muerte a la que podía aspirar un hombre, era morir en su propia cama.  Así le sucedió a Juan Gelman, Simón Díaz y Arturo Uslar Pietri, además con un premio adicional: les llegó a una avanzada edad, luego de disfrutar de esa carrera extrema que supone la longevidad.

Cuando un ser tan querido por la comunidad del Caribe como Cheo Feliciano, el sonero de Ponce, muere de forma accidental, el dolor se entremezcla con el asombro, es un doble impacto que lacera el alma. Sobre todo porque Cheo Feliciano estaba activo, al frente de nuevos proyectos como el “Salsa Giants”. Conociéndolo en persona o sólo a través de su música, a él se le quería con ese afecto exclusivo y auténtico, que se reserva a los familiares o a personas entrañables.

Tuve la suerte de conocer a Cheo una mañana del año 2007 en el Hotel del Lago en Maracaibo, tomaba café junto a su amada esposa Cocó, su compañera inseparable. Él era dueño de una sonrisa generosa, su voz hablada tenía bajos armónicos, la de un Lou Rouls caribeño; la elegancia era su signo. En ese encuentro matutino se confesó amante del café, tomaba en abundancia, siempre tinto y sin azúcar.  En ese momento tenía 72 años de edad y 50 de carrera artística, toda una leyenda viva, un gran valor artístico patrimonial del Caribe.

Cuando Cheo Feliciano nació el 3 de julio de 1935, Gabriel García Márquez tenía ocho años de edad, vivía con sus abuelos en una casona donde de noche habitaban más fantasmas que vivos. Escuchando a  sus abuelos Tranquilina y Nicolás, aprendió el arte de contar historias. A los 13 años de edad Gabo fue enviado a Zipaquirá, a estudiar en el Liceo Nacional, a 2.400 metros de altura, lo llamaban “El chico que siempre tenía frío”. Esa población está ubicada a las afueras de Bogotá, con temperaturas gélidas todo el año. En esa capital vivió “El bogotazo” el 9 de abril de 1948, revuelta popular ocasionado por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. En sus memorias contó: “El aire olía a carne humana quemada”.

Mientras tanto, en Ponce, la ciudad señorial, Cheo entraba a la Escuela de Música Libre para estudiar trombón, allí permaneció por dos años, hasta que sus padres decidieron probar fortuna en Nueva York, donde tenían algunos familiares residenciados que les auguraban mejor futuro en esa megalópolis.

Ni Gabo, ni Feliciano terminaron sus estudios superiores, la vocación por el arte superó toda expectativa académica, prevaleció la praxis creativa. En 1954, García Márquez comenzó su carrera periodística en la Costa Atlántica de Colombia, donde obtuvo los mejores elogios. En paralelo Cheo Feliciano comenzaba sus andanzas en la Orquesta de Tito Rodríguez como atrilero y asistente del maestro boricua.

En ocasión de visitar a Maracaibo para una actuación en el Teatro Baralt, coincidí con Cheo, le pedí me concediera una entrevista y gentil accedió, fue a mi programa en la planta URBE Televisión. Allí contó sus anécdotas vividas con el Grupo Guaco, cuando los conoció en los años 80, nos dio detalles de la grabación del tema “Noche Sensacional” del maestro Ricardo Hernández en 1992, éxito que arregló Papo Lucca, el celebérrimo pianista, su paisano del sur, compañero de múltiples batallas musicales.  Esa grabación tiene un introito donde Cheo dice “Guaco: los reyes de la nueva gaita” y en las inspiraciones nombra al Grupo Mango de Moisés D’Aubeterre y al Grupo Madera, los cultores de afrocubanía en el barrio San Agustín de Caracas, cerro arriba.

Al Gabo lo vi en el Teatro Heredia de Cartagena, al lado de su amigo Belisario Betancur en “Sí hay Festival” de 2006. No pudimos llegar hasta él; al finalizar el acto de instalación en su homenaje, salió por una puerta secreta ubicada por la tramoya del recinto, escapó rumbo a su casa en la ciudad amurallada, casona con paredes de terracota y colores ocres: allí escribió su novela “Del amor y otros demonios”, en 1994.

Quedó probado el amor sentido por Venezuela tanto de Feliciano, como de García Márquez. Cheo realizó múltiples giras, actuaciones en el Poliedro de Caracas, en la Feria de Barquisimeto junto a Rubén Blades, donde el cantautor panameño reiteró su gran admiración por el sonero ponceño. El Gabo vivió tres intensos años en Caracas, trabajó para la Revista Élite, selló una gran amistad con muchos escritores criollos. Ganó el Premio “Rómulo Gallegos” en 1972 por “Cien años de soledad”, cuyo importe lo donó en su totalidad al partido Movimiento al Socialismo liderado por Teodoro Petkoff y Pompeyo Márquez.

La madrugada del 17 de abril de 2014, comenzando el  jueves santo,  la muerte sorprendió a Cheo Feliciano Vega, conducía solo su vehículo Jaguar, transitaba por el sector El Cupey, a las afuera de San Juan, eran las 4:20 de esa mañana cuando impactó de forma brutal con un poste del alumbrado público. Según los bomberos, no hubo marca de frenos, el cantante murió en el acto. ¿Se habrá quedado dormido? O por su condición de paciente diabético ¿Sufriría un colapso cardíaco? Tenía 78 años de edad José Luis Feliciano Vega, el querido Cheo.  Sólo ocho horas después de este momento aciago, moriría el genio de las letras Gabriel García Márquez en Ciudad de México.

Ismael Miranda, su compañero en la Fania All Stars, entre sollozos ha confesado que hablaron la noche anterior para ultimar detalles de su próxima actuación en Acapulco con la Orquesta de Sergio George, pautada para el sábado 19 de abril. Ismael recuerda su entusiasmo, su determinación, sobre todo porque Cheo había librado una batalla contra el cáncer de laringe y lo había sorteado con valentía: logrando cantar con solvencia después de la radioterapia.

El pasado 6 de marzo, Gabo celebró sus 87 años, es esa ocasión salió al frente de su hermosa casa, construida sobre piedras volcánicas, para saludar al enjambre de reporteros que lo esperaba. Lució sonreído, un flux azul y sin corbata, una rosa amarilla en el ojal: su conjuro contra la mala suerte. A los días se descompensó y fue hospitalizado por una infección pulmonar y renal, de las que nunca se recuperó.

La carrera en la música, Feliciano la comenzó como percusionista, era un amante de los tambores, entendía su lenguaje; pensaba que en cada tambor habitaba un santo. En su barriada sureña creó un “combo de la latas” porque no tenía dinero para comprar instrumentos originales de cuero y madera. Llegó a Nueva York cuando tenía 17 años de edad, en el otoño de 1952, allí participó en rumbas callejeras en la calle 110 junto a su tutor Francisco “Kako” Bastar. Se hizo cantante, con una fuerte influencia de Tito Rodríguez, su ídolo, cantante y músico que había nacido en 1923, por tanto era 12 años mayor que Cheo. El mulato de Ponce fue su discípulo y Tito en compensación le brindó la oportunidad de debutar como cantante en el mítico Palledium Ballroom en la calle 53 de Nueva York. En el año 2012, Feliciano fue entrevistado en Madrid con motivo de celebrar 55 años de carrera y dijo: “Toda mi trayectoria se la he dedicado a mi maestro, a la primera persona que creyó en mí como cantante: Tito Rodríguez”.

En 1982 Gabriel García Márquez recibió la llamada que le anunciaba que los 18 miembros de la academia sueca, le habían conferido por unanimidad el Premio Nobel de Literatura, galardón que recibió el 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, trajeado con un liquiliqui venezolano. La ceremonia en Estocolmo contó con  la presentación de las Danzas Folclóricas de Colombia, en una sala real inundada de flores silvestres amarillas, cultivadas en los páramos colombianos, cargadas de hados benéficos.

En los años 70 Cheo Feliciano gozó del amparo del gran Catalino “Tite” Curet Alonso, el mejor compositor de salsa de todos los tiempos. Catalino Curet era contemporáneo con García Márquez, y al igual que el colombiano, era periodista de oficio. Tite le cedió a Cheo sus temas icónicos y con ellos llegó al más alto sitial en el mundo musical. En 1957 Cheo entró como cantante principal al Sexteto de Joe Cuba cuando Willy Torres abandonó el grupo, ese mismo año se casó con Socorro Prieto León, a quien llamaba Cocó, la bailarina profesional, típica puertorriqueña que lo acompañó toda su vida. Estuvo por 10 años con el sexteto del tumbador Cuba, produjo 17 álbumes, muy exitosos todos.

Feliciano fue parte de la Fania desde 1971, firmó contrato con su creador, el empresario ítalo-americano Jerry Masucci, quien años después fue padrino de su cuarto hijo. Realizó dos álbumes con Eddie Palmieri que fueron nominados al Premio Grammy, uno ilustrado magistralmente con un óleo de un piano solo en escena, con el éxito “El día que me quieras” de la autoría de Carlos Gardel y Alfredo Lepera, arreglado por el pianista cubano René Hernández en 1981.  Ese año El Gabo publicó “Crónica de una muerte anunciada” con una tirada de un millón y medio de ejemplares. En paralelo solicitó asilo en la Embajada de México en Bogotá, por las constantes amenazas sobre su vida por parte del movimiento armado M-19.

Cuando Feliciano alcanzó los 50 años de carrera artística en 2008, para celebrarlos realizó un espectáculo en el Madison Square Garden, acompañado por la Orquesta Spanish Harlem, dirigida por el pianista neoyorquino Oscar Hernández. En esa ocasión, el entonces alcalde de la Gran Manzana, Michael Bloomberg, declaró el 20 de junio “Día de Cheo Feliciano” en la ciudad donde había vivido por 17 años, donde comenzó su transitar por la música como profesional, donde fue víctima de la pandemia de las drogas y anduvo deambulando por los callejones más tenebrosos de sus condados, sometido por los demonios de la heroína y alejado del refugio familiar.

Cheo superó su adicción luego de tocar fondo, gracias a la ayuda de los Hogares Crea, a los que siempre dio su agradecimiento público. En esa ciudad inabarcable a orillas del río Hudson, García Márquez fue corresponsal de Prensa Latina, allí trabajó como periodista y fue asediado por su posición política de izquierda, amigo del gobierno de Fidel Castro, tuvo que salir huyendo pues le retiraron su visa.

Todas las canciones que grabó Feliciano son clásicos: “Anacaona” de 1972, sobre el areito de la india taína cautiva; “Amada mía” de José Nogueras, “Los entierros” de su pobre gente, donde las flores son de papel y las lágrimas de verdad; “Juan Albañil”, personaje que pasea por la ciudad, viendo los edificios que construyó, aunque a ellos no pueda entrar; “El ratón” que de noche brinca la verja que está “behind my house”,  tema de su autoría. Produjo un total de 20 álbumes.

En 2012 Rubén Blades tuvo la genial idea de realizar un álbum cantando los temas emblemáticos de Feliciano, y su vez, Cheo cantó los temas icónicos en la carrera de Blades. Lo titularon con la frase en spanglish “Eba say ajá”, contracción que significa “todo el mundo dice ajá”, que ha sido el grito de guerra de ambos cantantes en sus conciertos.

En el año 2007 se celebró el IV Congreso de la Lengua Española en Cartagena de Indias, y se publicó la edición especial de “Cien años de soledad” con prólogos de autores de primer orden. Al evento asistieron: Bill Clinton, los Reyes de España, tres expresidentes de Colombia y el escritor Carlos Fuentes, amigo entrañable del homenajeado. Así celebraron los 80 años del Gabo y los 40 de la primera edición de su novela más célebre, con un gran discurso del autor contando las vicisitudes y peripecias para sobrevivir junto a su esposa Mercedes y su dos hijos por 18 meses, mientras escribía su obra maestra en la capital mexicana.

Por un azar inexplicable, al genio de Aracataca Gabriel José de la Concordia García Márquez, se le cumplió su deseo de morir en su cama, rodeado de su amada Mercedes Barcha, sus hijos y nietos, en México D.F., ciudad  donde residió por 40 años y donde escribió “Cien años de soledad” entre los años 1965 y 1966. Tenía 87 años al momento de morir a las 12:08 de la tarde, en su casa ubicada en Jardines de Pedregal, Fuego 144. El Gabo se marchó entre mariposas amarillas  como lo había soñado:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento,
el coronel Aureliano Buendía  había de recordar aquella tarde
remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava
construida a la orilla de un río  de aguas diáfanas que se precipitaban
por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.
El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre,
y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”

García Márquez siempre afirmó: “el mejor oficio del mundo es el periodismo”. Sus crónicas son paradigmáticas, le conceden por unanimidad el título de maestro del diarismo creativo, que puede llegar a ser arte. Creó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que estimula la excelencia entre los nuevos talentos del oficio, desarrolla las vocaciones, impulsa la ética y la buena narración en el periodismo naciente. Tiene su sede en la heroica Cartagena.

Impactado por las dos muertes, reviso las extrañas coincidencias en Gabo y Cheo:

  • Ambos vivieron al lado de su única esposa por casi seis décadas, amándolas cada día. Gabriel, con Mercedes Barcha desde 1958: colombiana a la que llamaba “el cocodrilo sagrado”. Y Feliciano, con Socorro Cocó desde 1957: su leal administradora y agente de contratos.
  • El mundo local en el que habían nacido, sin pretenderlo, cada uno lo hizo universal. Privilegiaron la realidad de sus barriadas, sus vivencias  más íntimas, y ahora son reconocidas en el mundo entero.
  • Ambos dedicaron su carrera y sus consecuentes triunfos a sus maestros, sus héroes tutelares: Gabo a William Faulkner, y Cheo a Tito Rodríguez.
  • Los dos padecieron cáncer, lo afrontaron con valentía y lograron el prodigio de la longevidad. Ambos fueron obstinados fumadores, enamorados de la noche caribeña, insomnes lanzando bocanadas de humo de sus cigarrillos.
  • La figura del padre fue una eterna referencia para ambos, representó una enseñanza inspiradora: Gabo, como el hijo del telegrafista Gabriel Eligio García. Cheo, el orgulloso hijo del carpintero que cantaba boleros, Prudencio Feliciano.

Los grandes de sus oficios, los más destacados de sus profesiones, los consideraron maestros a cada uno en su quehacer. Jorge Volpi afirma: “Borges y García Márquez son los mejores narradores del siglo XX en América”.  William Ospina dice que Gabo representa la identidad del latinoamericano, y es su mejor cronista. Rubén Blades, Gilberto Santa Rosa y Gustavo Aguado coinciden en reconocer a Cheo Feliciano como su mentor, el mejor maestro del canto caribeño.

Al igual que Úrsula Iguarán, los dos genios se marcharon de este mundo un jueves santo, sorprendiendo a todos: “Úrsula había dado las últimas e inapelables instrucciones a todo miembro del clan Buendía que se había cruzado en su camino. Había sido la matriarca de Macondo, la compañera del primero de los José Arcadios. Había perdido la cuenta de su edad”.

Cheo Feliciano fue el primer sonero que vistió de frac a la salsa, a la música de arrabal la llevó al Teatro Bellas Artes de San Juan en 1984, con orquesta completa. Por su parte Gabriel García Márquez es el autor de ficción más popular, el más traducido, y el de más libros vendidos de América Latina.

El 17 de abril de 2014 lo recordaremos como el día de la despedida de estos dos genios inmortales, que gozaron del amor de muchos pueblos: Gabo y Cheo. A partir de ese jueves santo, serán almas que van a vivir en bibliotecas y rocolas, en los 39 libros garcíamarquianos, en los boleros del feeling feliciánico. Y seguirán llenando la imaginación y el sentir de la gente por muchas generaciones, con absoluta  vigencia.

En el Macondo idílico y en la perla del sur, Ponce, tendremos una larga fiesta.

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