Facundo Cabral: Un respetado milagro del canto

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Para un hombre no violento,

todo el mundo es su familia.”

Mahatma Gandhi (India, 1869-1948)

Un día antes de nacer, su padre abandonó a su madre, ella ya estaba movida de parto, con los primeros dolores, dilatando su vientre para alumbrar al varón que nacería el 22 de mayo del tormentoso 1937 en La Plata, cuidad situada al sur de Buenos Aires. Lo llamó Rodolfo Enrique Cabral, era un bebé larguirucho, y Sara en medio de su desamparo, salió airosa de su esfuerzo, dejó en alto su estirpe de mujer campesina, natural de la Patagonia.

Fue un niño inquieto, curioso, movía a sus hermanos, era líder, protegía a su madre. Vio a su padre solo en fotografías en blanco y negro, las que conservaba su madre como una reliquia o quizá como un tesoro, nunca admitió nada. Sólo 46 años después, ya con su nuevo nombre para el arte: Facundo, el entonces reconocido trovador, escritor y cronista, conoció a su padre. Fue después de un concierto en 1983, mientras firmaba discos y libros a sus seguidores, cuando el cantor se percató de que un hombre lo esperaba para abordarlo, y desde el primer instante lo reconoció; en su interior entró en ebullición el rencor acumulado que le tenía, y le dijo: “Es un gusto conocerte padre y poder abrazarte”. Años después Facundo confesó: “Ese acto representó para mí una liberación, salí de una pesada cárcel de odio”.

Fue reconocido como un hombre de una inteligencia muy elevada y una elocuencia proverbial, con la capacidad innata para construir ingeniosas frases, como:

o “El político es un marginado de la cultura”.

o “Un dúo con Julio Iglesias sería fantástico, porque él las excita y yo las pongo a pensar”.

Facundo pasó su niñez por la senda de la peleas callejeras, el alcoholismo, la vida dura de los sin techo. Todos recuerdan cuando en una visita del General Juan Domingo Perón y su amada esposa Evita a su barrio porteño, el chico Cabral se acercó al vehículo presidencial y llegó hasta Perón, el militar pidió le dieran acceso, al tenerlo frente a él le preguntó: “¿Qué querés pibe?” y Facundo le respondió: “Que le dé trabajo a mi madre”. Y así fue, Eva Duarte ubicó a la señora Sara y la nombró responsable de una escuela, eso representó la salvación económica para la familia, aseguraron el sustento y el pan.

Cabral comenzó a cantar en un hotel de Mar de Plata, el balneario turístico, allí demostró su talento, su fibra poética y musical. Desde entonces comenzó su recorrido por todo el mundo, visitó 160 países, realizó la gira en el Tren Transiberiano, vendió millones de discos elepés y publicó 22 libros en total. Se hizo amigo de tertulias de Jorge Luis Borges, esos encuentros los plasmó en su obra “Borges y yo”. Facundo aprendió a leer a los 14 años de edad, gracias a la generosidad de un padre jesuita que lo conoció durante un período de reclusión, ese preceptor fue muy importante en su formación como hombre y como artista.

En 1970 comienza a sonar la canción “No soy de aquí, ni soy de allá”, que le da fama mundial al joven Facundo Cabral, de apenas 33 años de edad:

Me gusta andar…
pero no sigo el camino,
pues lo seguro ya no tiene misterio,
me gusta ir con el verano…
muy lejos,
pero volver donde mi madre
en invierno
y ver los perros que jamás me olvidaron
y los abrazos que me dan mis hermanos”.

Ese tema marcó el sendero reflexivo que él tomaría, contrario a los que en otrora testimoniaban que era un muchacho agresivo, resuelto y osado. Desde entonces sus letras son una mezcla de poesía con filosofía de vida, con una gran influencia del misticismo hindú: “Cuando un pueblo trabaja Dios lo respeta. Pero cuando un pueblo canta, Dios lo ama”.

Toda su creación artística tiene desde entonces un hálito contemplativo y una permanente referencia a su abnegada madre, Sara Camiñas, mujer que fue ejemplo de dignidad y de entrega al compromiso de formar seres más humanos:

De mi madre aprendí que nunca es tarde, que siempre se puede empezar de nuevo; ahora mismo le puedes decir basta a los hábitos que te destruyen, a las cosas que te encadenan, a la tarjeta de crédito, a los noticieros que te envenenan desde la mañana, a los que quieren dirigir tu vida por el camino perdido”.

El 24 de marzo de 1976 comenzó un brutal período de dictadura militar en Argentina, con el sátrapa Jorge Rafael Videla a la cabeza, fue un tiempo de abusos, torturas, saqueos que se extendió hasta 1983. Durante ese período, Facundo, que había sido tildado de comunista, aunque nunca militó en partidos políticos, se exiló en México temiendo por su vida, esa nación lo albergó como a un hijo más y lo catapultó como trovador. En la nación azteca se consolidó como un artista de contenidos profundos, humanistas, libertarios.

En 1984 regresó a la Argentina y realizó numerosos recitales, se reencontró con sus amigos del “Café La Biela” en la Recoleta, sitio de gran tradición fundado en 1950, lugar frecuentado por Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, entre otras celebridades.

El concierto “Lo Cortez no quita lo Cabral” en 1994, realizado junto a su compatriota, el poeta y cantor Alberto Cortez, se convirtió en uno de los eventos musicales más recordados en América Latina. En 1995 lo repitieron en el Teatro de la Ópera los días 8, 9, 10 de septiembre y produjeron un segundo álbum en vivo. Con temas tan célebres como “Canción de amor para mi patria” que en el caso de estos cantores, es la misma, es la tierra de la plata “argentum”, su Argentina amada:

Será porque me dueles,
será porque te quiero,
será que estoy segura que puedes
llenarme de palomas el cielo.
Será porque quisiera que vueles
que sigue siendo tuyo mi vuelo”.

Facundo siempre se definió como un “vagabundo en primera clase”, solía repetir que vivía en hoteles, afirmaba que en cada país nunca estaba más de dos días, que su equipaje era una chamarra raída y su guitarra, sus lentes oscuros para salvarlo de la fotofobia y su bastón de pino. Sentenciaba: “Mi casa soy yo, por tanto me siento bien en todas partes”.

Las mujeres a su lado fueron muy amorosas, discretas y solidarias. Como todo trovador que se respete, fue un agraciado con los amores de las féminas, aunque su tiempo más importante lo dedicó a tres damas: Una de origen estadounidense llamada Bárbara, quien pereció junto a su hija en un accidente de avión cuando volaba de Chicago a California para reencontrarse con él. En ocasión de esa tragedia familiar, cuando en el aeropuerto le informaron que su esposa y su hija estaban en la lista de víctimas fatales, Facundo cayó de rodillas y exclamó “Señor, ahora lo sé: tú eres el que manda”.

La segunda, fue una intelectual coqueta, una mexicana que lo acompañó en su exilio. Y la tercera, la viuda que le vivió las terribles exequias, Silvia Pousa, una psiquiatra diminuta, hermosa morena, nacida en Venezuela en 1958, quien emigró a Rosario (la tierra del vino en Argentina) y tuvo una relación por 30 años con el cantor, con algunas intermitencias. Finalmente se casaron, exactamente seis meses antes de su inesperada muerte. Ella siempre tuvo un bajo perfil y una cálida cercanía con el poeta Cabral, lo amaba en silencio, fuera de su escena pública.

Facundo Cabral fue el balance perfecto entre los extremos más antípodas: De niño pobre, sin escuela ni libros, llegó a ser un cantor que tuvo auditores en cinco continentes, y fue compañero de tertulias de Jorge Luis Borges. De ser un hombre que odió con toda su alma a su padre fugitivo, fue el compañero de labores salvadoras de la Madre Teresa de Calcuta. Fue un vagabundo, con palabras de alto vuelo y alma libre, en permanente celebración de la vida, que murió bajo la metralla de sicarios en Guatemala, la madrugada del 9 de julio de 2011, hecho cruel que estremeció al continente.

Facundo de 74 años, sobreviviente del cáncer de vejiga, solo con un 15% de visión, de lenta motricidad, visitó esa nación para brindar dos conciertos. Antes se despidió de su mujer Silvia con una frase aterradora: “presiento que me queda poco tiempo”. Sin sospecharlo, había sido contratado por narcotraficantes que utilizaron su imán como artista para lavar su sucio dinero. Cuando regresaba al aeropuerto La Aurora a las 5:00 de la mañana, desde dos camionetas lujosas, los asesinos lanzaron ráfagas con armas de guerra, y una bala entró al cuello de Facundo y murió al instante. Cuenta su coordinador de giras Jorge Mazzini, que tenía un aspecto sereno, reflejaba paz desde su muerte, como si durmiera plácidamente, sin ninguna huella de dolor en su rostro. La Armada de México, en una manifestación de solidaridad con el cantor que vivió en su suelo por una década, dispuso un avión para trasladar los restos del cantor hasta Buenos Aires. Allí fue velado, en el teatro donde cantó los últimos cuatro meses: ND Ateneo.

Cabral fue recordado con ternura y dolor a la vez en Maracaibo, ciudad a la que visitó y donde realizó un concierto memorable; se escuchó su voz en algunas emisoras, jóvenes poetas como Gabriel Alejandro García lo recitaron, y el compositor Miguel Ordoñez relató episodios de su amistad con él. En esas horas pensé: Facundo llegó de manera violenta a este mundo, sin padre que lo protegiera, sin una casa decente que lo albergara, y se levantó en las calles duras, solo con el amor de su madre:

Todas las cosas bellas
comenzaron cantando
no olvides que tu madre
cantando te acunó”.

Sara la matrona, fue “el faro de su vida”, gracias a ella aprendió qué es el amor y lo repartió pródigamente por el mundo, y al final se marchó en medio de una ráfaga de violencia. Pero, como bien es sabido; “nada se pierde, todo se transforma”. Facundo no se perderá, al igual que Mahatma Gandhi, Monseñor Oscar Arnulfo Romero, John Lennon o el propio Jesús de Nazareth: su alma y sus enseñanzas permanecerán. Es muy poco una bala para acabar con todo su legado, con toda su poesía. No podrá la muerte, borrar ese respetado milagro del canto llamado Facundo Cabral. Él jamás será sol ausente.

León Magno Montiel

@leonmagnom

leonmagnom@gmail.com