Huáscar Barradas, La Flauta de Venezuela

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UN SHOW VERDADERAMENTE MOLLEJÚO

No encuentro, para calificar el show al que voy a referirme, una voz tan contundente y certera como esa del habla costumbrista maracucha, de la que me sirvo para completar el título de este escrito. Mollejúo es, en efecto, el calificativo más certero de todo aquello que es grandioso, potente, fuerte, robusto, hercúleo, fornido, poderoso, arrollador, asombroso, deslumbrante, estupendo, asombroso, etcétera, etcétera, etcétera. Pues sí, señor. Todo eso lo fue el show que Huáscar Barradas presentó el sábado y el domingo pasado en el postinudo escenario del Teresa Carreño. Pero ¿quién es ese tal Huáscar Barradas? Muy sencillo: Huáscar Barradas es un flautista maracucho, tanto faculto como habilidoso, maestro del Flutterzungue y cultor del showmanship, esa facultad en la que se combina el virtuosismo con la habilidad para deslumbrar al público al prodigarla, eso que nosotros los veteranos del show business llamamos “sentido del espectáculo”.

Y todo eso lo realiza Huáscar flauta en mano, como si ese canuto sonoro fuera el bastoncillo milagroso del mago Merlin o la filosa espada con la que Alejandro Magno deshizo el nudo gordiano. Porque con el sonido de ese caramillo portentoso, Huáscar nos pasea por un país infinito y plural donde, codo a codo con el mítico toque incitante de faunos y dioses, conviven aires sabrosamente plebeyos como los que brotarían de la charanga de Fajardo y sus estrellas. Así, nadando con soltura en ambas aguas de la música, Huáscar invade el difícil territorio del eclecticismo. Y es por eso que lo aclaman en Europa, el Japón y en toda Venezuela. Y también gracias a ello, es por lo que se dio el lujo de convocar con éxito a las figuras de alto vuelo que le acompañaron en su extraordinaria aventura sonora del fin de semana pasado. Integraban ese elenco la dulcísima y superafinada Cecilia Todd; el calurosamente aplaudido Gualberto Ibarreto, con su sombrero de cogollo amarillento y su voz de rojos carbones; el virtuoso maraquero valenciano Juan Ernesto Laya, “el Paganini de las maracas”; y el también virtuoso cuatrista Jorge Polanco; Frank Quintero, ídolo de las fuerzas juveniles, gracias a sus románticas baladas; el grupo Mermelada Bunch, bailarines y actores del más vivo colorido; el exitoso Rafael “Pollo” Brito, admirable como humorista y como cantante; “El Goyo” Reyna (cantaó que es nieto de Freddy e hijo de Tatiana) y Daniela la bailaora, un cuadro flamenco más que energético, que se sirvió de una tonada de Simón Díaz para disparar, con irresistible potencia y elevadísima calidad, un mensaje combinado de criollo con gachupino; a ellos les acompañó, con increíble virtuosismo el cajero Diego Alvarez, apodado “El Negro”, hijo de nuestra amada Morella Muñoz. Yo mismo senté mis reales ante el Steinway de la Sala Ríos Reyna, para tocar “El Catire” junto con la flauta y el grupo de Huáscar. Todos fuimos anunciados con una gracia muy suya por Luis Chataing.

Luego de ese impresionante desfile, que transcurrió escoltado por los más efusivos aplausos, apareció Maracaibo en todo su esplendor: se adueñaron del escenario las aclamadas figuras de Ricardo Cepeda, Betulio Medina y Neguito Borjas. Na guará! Y con las gaitas de esos astros rutilantes, el Teatro Teresa Carreño se encendió con llama inextinguible, porque el público, caletrero del repertorio de esas tres egregias estrellas, coreó hasta el infinito los estribillos de sus éxitos más aclamados. En medio del exitoso barullo de ese fin de fiesta protagonizado por la célebre “Cabra Mocha” de Josefita Camacho, se escuchaban los agudos y floreos mágicos de la flauta con que Huáscar Barradas se ha ganado, entre otros timbres, el título de mollejúo.