A José Chiquinquirá Rodríguez, 33 años después de su partida

- Publicidad -

Chinco, por favor

En aquellos tiempos el paseo Ciencias era el centro de polémicas. Miles abogaban por conservar las estrechas calles donde la crónica de Maracaibo se sentaba en las tardes a ver caminar el calor y a repasar zulianidades armónicas para proyectar vivencias. Las calles estrechas son propias de las tierras calientes porque así el sol no tiene mucho espacio para quedarse en siesta. Pero otros miles alentaban el presagio de una avenida amplia creyendo que la modernidad, al sustituir con cemento la nostalgia le gana calidad al desafío. También en aquellos tiempos, tal y como acontecía con el paseo Ciencias pasaba con la gaita. Que si el piano, que si las trompetas, que si la fusión era buena…

Por eso llamaba tanto la atención a mis oídos de aprendiz el sonido de un grupo gaitero que se escuchaba mucho en la radio marabina de mis andanzas zulianas. Mejor nombre no podía tener: Barrio Obrero que es como decir compromiso con la patria, fidelidad a la raíz, sudor con poema junto, alegría ligada a la tradición, belleza…

Los instrumentos absolutamente tradicionales, la voz solista, de hombre, parecía extraída a la vida por un balancín, única forma de asociar el balanceo de su timbre con la solidez del contenido. Algo había en aquél grupo que seducía. Ahora, con los años pienso que fue su anticipo de conciencia lo que atrapó mi búsqueda de sentido en la palabra cantada.

Y heme acá pensando que el 13 de mayo hace rato para lo melómanos encierra el luto por la muerte de Ismael Rivera, sin darnos cuenta (muy pocos se ocupan de estas cosas), de que el 13 de mayo también significa la fecha que marca las pérdida irreparable de uno de los más contundentes compositores populares venezolanos, quien proyectó esa cierta manera inconfundible que tiene la poética popular, contundente, hermosa y sin remilgos a través del grupo que atrapó mi querencia para siempre. Y hablamos de un zuliano de los que sumaron y multiplicaron, porque resta y la división son una huella mala, y la de Chinco siempre fue fértil, como la auténtica zulianía. Y es que el 13 de mayo de 1975 moría este poeta y trabajador petrolero, al que siempre llamaremos Chinco.

En Bobures

Nació el 3 de junio de 1915 en Bobures, al sur del lago de Maracaibo, en una tierra de negros y devotos como él. Tierra del inolvidable Juan de Dios Martínez y lar donde San Benito hace ondear la sonoridad de su resistencia sin doblez ni sincretismo. Según lo averiguado José Chiquinquirá Rodríguez, “Chinco” no aprendió a tocar instrumentos, tal vez porque a sus manos tuvo que darles uso de ese entonces: el fragor del campo petrolero, la pobreza en aceite de la tierra, el asfalto hundiéndose como seña de camino, el agua lista para hervir desde grifo de humildad.

Tal vez, digo yo, fue ese fragor manual el que permitió que en la faena desglosara como cantos de trabajo sus poemas. De otra forma no se entiende que su verso fuera tan apegado al horizonte al que tuvo acceso.

Cabimas se convirtió en su asiento cuando la formalidad le llegó en forma de amor. En trabajo periodístico realizado por la colega Moraima Gutiérrez en 2007 da cuenta de una conversación sostenida con uno de los 6 hijos del compositor, quien le dijo que su padre apenas sabía leer y escribir y que cuando se sentía inspirado comenzaba a darle golpecitos a lo que tuviera enfrente. También dice que cuando tenía 30 años, es decir, en 1945 se tropezó con quien sería su compañera: Brusnilda Montiel, “hermosa mujer blanca, de ojos verdes. Con ella formó un humilde hogar, quizá con algunas carencias materiales, pero no afectivas”.

Todo indica que la vena autoral de Chinco se esparció a los cuatro vientos luego de su encuentro con el conjunto Barrio Obrero y al conjuro de su amistad con quien cantaría como nadie los poemas de su vida: Bernardo Bracho, voz cantante del grupo fundado en 1955 con aporte margariteño. No se debe olvidar que muchos aportes orientales llegaron a la Costa Oriental del Lago de Maracaibo a causa del boom petrolero. El fundador de este grupo, Héctor Silva, vivía en el Barrio Obrero de Cabimas y de ahí se tomó el nombre que ha dado la vuelta a Venezuela unas cuantas veces como referencia de tradición buena. Y a ese conjunto fueron a parar Bernardo Bracho y Chinco Rodríguez.

Para muestra

De su “Gaita a Cabimas” podemos extraer versos de Chinco, que causaron furor hacia 1965, adelantándose en la denuncia de Ali Primera:

“Virgen del Rosario Cabimas se desespera, hay hambre por donde quiera

Y otros problemas precarios. Rogad desde tu santuario por la zona petrolera.

Una capa por encima de petróleo mal echado, ese es el gran asfaltado de las calles de Cabimas. Siempre, siempre en el olvido Cabimas la han echado, ella es la que más a dado y menos ha recibido…”

Pero si la “Gaita a Cabimas” fue el germen de una protesta cantada en tiempos de democracia representativa, “Así es Maracaibo” fue la revelación profunda del sentimiento amoroso por la zona de sus desvelos obreros:

“Cuando llegues a un puerto de madrugada donde el marullo lleva hacia lontananza el ritmo cadencioso de alguna danza que despide el boguero en la ensenada…Así es Maracaibo cuando amanece: un puerto te ofrece toda la gracia que hay en su rada…”

Ahora, en tiempos de diatriba, en los que los conceptos se confunden poniendo lodo al alma y estigma a los amores por la tierra, valdrá recordar también los versos de Chinco Rodríguez cuando en “El Regionalista” apunta al único horizonte que conoció por causa de la escasez de recursos.

“No hago el verso tierra adentro pues no conozco los llanos ni otros estados cercanos, ni las bellezas del centro. Yo mis versos los concentro en los lares de occidente donde un lago transparente es un cristal que hoy nos muestra una imponente silueta de su majestuoso puente…”

Esa juglaría popular, tan familiar a los venezolanos por obra y gracias de un Aquiles Nazoa, de un Andrés Eloy Blanco, de un Alí Rafael Primera, de un Chinco Rodríguez, de un Mariano Rivera, de un Alejandro Vargas, de un Jesús Ávila ó de un Guillermo Jiménez Leal, no es poca cosa. Ella encierra códigos que conviene tener presentes y no confundir “La Inocencia” –decía Alí-“no mata al pueblo, pero tampoco lo salva: lo salvará su conciencia” y en eso Alí se apostó el alma.

Va el recuerdo para Chinco, quien fue capaz de sacar de la Cota de hoy a Ismael Rivera, porque seguramente Maelo tendrá quien le escriba, mientras los sueños de Chinco permanecen ocultos en esta amplia tierra nuestra que él no puedo recorrer. Chinco, por favor…

Publicado en el Diario Últimas Noticias, el domingo 11/05/2008