La fotografía y la vorágine tecnológica actual

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Twitter: @leonmagnom

Se cumplieron 186 años de la aparición en la escena mediática de la primera fotografía, tomada por Nicéphore Niépce quien la tituló “Visión desde la ventana de Le Gras”, en 1826.  Para ello necesitó un tiempo de exposición de casi 8 horas para su captura.  Por otro lado se cumplieron 173 años del aporte  del pionero Louis Daguerre con su daguerrotipia,  hecho que dio inicio a  la documentación  visual de  dos  siglos de historia de la humanidad.

Entramos al siglo XXI con fotografías por doquier, las cámaras están en todas partes, cardúmenes de fotos salen desde los teléfonos móviles, cámaras de seguridad, de la inmensa gama de cámaras digitales, algunas del tamaño de una paledoña o galleta. Eso ha generado otro lenguaje  fotográfico, distinto al lenguaje artístico, científico o periodístico, que conocimos a  través  de las lentes del siglo XX.

La polígrafa norteamericana Susan Sontog, en su libro “Sobre la fotografía” afirmó: “Coleccionar fotografías es coleccionar el mundo” (Edhasa, 1981). Yo agrego; coleccionar fotografías es una tentativa de poseer el mundo, atrapar tu pequeño universo citadino, es pretender domar ese rebaño salvaje de imágenes que nos llegan por la computadora, el móvil,  la televisión por cable,  periódicos  impresos; con una constancia  de catarata avasallante. En esta era de la sociedad de la información, marcada por las nuevas tecnologías, casi todos somos fotógrafos, y ahora con el servicio “Internet de las cosas”  y el proyecto de “ciudades inteligentes” que promueve  Telefónica España, hasta máquinas que se convierten en  fotógrafos tienen su autonomía. En su portal www.telefonica.com podemos ver los avances de “Smart-Santander”, la primera ciudad inteligente de España, bajo el patrocinio de Telefónica, una  empresa con 85 años de trayectoria.

El concepto clásico de paparazzi, tal como surgió en la película italiana “La Dolce Vita” de Federico Fellini en 1960, quedó extinguido. Ahora un botones de hotel te puede retratar, o el taxista,  quizá la adolescente que pasa por la acera de enfrente y contempla al sujeto fotografiable; cada uno de ellos puede ser  el personaje mítico de la cinta de Fellini, Signore Paparazzo,  contando a través de sus imágenes, no los intríngulis de la bohemia en Roma, sino de su ciudad  con sus habitantes y sus   pasiones.

En los últimos años, la policía de Los Ángeles en California  ha atendido casos de violencia racial, violencia de género, asaltos, venta ilegal de drogas,  basándose en las fotografías como pruebas, siendo éstas tomadas desde teléfonos inteligentes, a través de discretas ventanas. A veces esos fotogramas los  ponen a circular   por correos electrónicos o por bluetooth, con la discreción propia del secreto espectador, y luego se hacen del dominio público. Nadie está exento de ser fotografiado, es una especie de abolición de la privacidad. Recién leíamos en la Revista Ñ de Argentina, el caso de un turista Italiano que fue fotografiado en una reunión muy íntima en Marruecos, días después de ese evento recibió una felicitación donde le decían que lo habían visto celebrando  en la fiesta mora. La nota congraciándose con él, le llegó  de los Estados Unidos, cosa que él no podía explicarse. La razón de este  amistoso reporte  es que  una de las mujeres que  asistió a la pequeña fiesta en el zoco marroquí, subió a su Facebook una instantánea del grupo celebrando, y uno de sus contactos en esa red social la vio en Connecticut, y éste resultó ser el amigo que  felicitó al  sorprendido turista italiano.

¿Quién puede ahora  llamarse fotógrafo profesional? Sobre todo con la proliferación de cámaras con autoenfoque y con regulador digital de la luz. Y luego todos los programas que tenemos en las computadoras para retocar esas imágenes captadas, para modificarlas a placer o editarlas. ¿Dónde queda el ojo artístico que atrapa los momentos, personajes, encuadres mágicos del tiempo. ¿Cómo retratar la historia en su cauce y detenerla en una imagen reveladora?

Me impresionó escuchar en una conferencia en el Centro Bicentenario de Cultura “Juan de Dios Martínez” del municipio San Francisco al hijo de Ernesto “Che” Guevara, Camilo, quien es un buen fotógrafo cubano. Allí contó cómo su padre fue un apasionado de la fotografía desde los nueve años, pues a esa edad  su madre le regaló una cámara muy elemental, en Córdoba donde vivió de niño. Luego en México, a principios del decenio de los 50, Ernesto Guevara se ganó la vida haciendo fotografías, hasta que en 1956 se embarcó en el Gramma junto al primer contingente del ejército rebelde que fondeó en los pantanos sureños  de Cuba, liderado por Fidel Castro.

El semiólogo francés Roland Barthes en su obra “La cámara lúcida” de 1980 nos relata: “Cuando me siento observado por el objetivo todo cambia, me constituyo en el acto de posar, me fabrico instantáneamente otro cuerpo, me transformo por adelantado en imagen.” Hoy en día, no tenemos conciencia de cuándo nos fotografían, o lo sabemos y nos parece parte de la rutina diaria. Aquellas fotografías posadas por minutos, sólo existen para la industria de la publicidad, de la moda y del espectáculo. Se acabó el miedo a dar una foto que puede propiciar actos de magia negra, por el contrario es un honor aparecer en la revistas banales de sociales, de foto-rumbas, con collages interminables de imágenes grupales sin texto.

Se plantea un paradigma distinto al que vivía la Francia barthesiana  cuatro décadas atrás. Ahora cada individuo puede ser el objeto fotografiado sin percatarse, aleatoriamente retratado. Confiesa el sabio Barthes: “Yo quisiera en suma que mi imagen, móvil, sometida al traqueteo de mil fotos cambiantes a merced de las situaciones, de edades, coincida siempre con mi yo profundo, soy condenado por la fotografía a tener siempre un aspecto” (Paidos, 1980).

La mayoría de la gente siente que no debe solicitarle permiso a nadie para publicar fotografías de eventos familiares, musicales o comerciales. Se expone a la gente inconsultamente, sólo se enteran cuando llegan las notificaciones, las etiquetas, los comentarios a posteriori.

El novelista  André Malraux quizá se había adelantado a este escenario del 2012 cuando definió la diseminación del arte fotográfico como: “El museo sin muros”. En los centros comerciales, en las universidades de cada ciudad, actualmente hemos museizado la realidad que nos rodea,   la que captamos en imágenes digitales.

Maracaibo signada por ser cuna del cine en Venezuela (1897), es una de las ciudades más fotografiadas en sus iconos arquitectónicos:  la Basílica de la Chiquinquirá, el Puente sobre el Lago, la Vereda del Lago, el Hotel del Lago, el Teatro Baralt, sus balancines y campos petroleros, que  están presentes en millones de postales  recorriendo el mundo. Los nativos digitales marabinos han creado un nuevo lenguaje fotográfico, intenso, voluminoso, que constantemente nos muestra la ciudad  con sus nuevos rostros, con sus quehaceres  siglo XXI, utilizando los nuevos códigos que se generan de las tecnologías de información y comunicación: TIC.

La labor de fotógrafos marabinos pioneros como  Alberto Frangiéh, Guillermo Ríos, Álvaro Chirinos, Pancho Villasmil, Audio Cepeda, Luis Socorro, Alejandro Vásquez, Luis Pire,  Adolfredo Palencia, Ernesto Morales es reconocida y admirada por la crítica y por sus coterráneos. Pero ahora nace esta generación de fotógrafos furtivos, ojos digitales que están en todas partes, que acechan por doquier, indómitos.

Los ciudadanos ahora se convierten en  un potencial captador de gráficas, y aunque no logren los niveles estéticos de los artistas pioneros de la fotografía zuliana, ellos persisten en su  labor paparázzica.

La ansiedad indiscriminada de ser fotografiado se corresponde con la necesidad de ser importante, de ser admirado y deseado según lo analiza en su obra Susan Sontag. Se supone entonces que lo fotografiado es más relevante, más reconocido, más importante.

Sin embargo, la práctica sin el apresto necesario, sin las capacidades indispensables, con componentes electrónicos que alcahuetean la falta de talento, sólo logran banalizar ese arte, disciplina que le ha dado otros rostros al planeta, que ha recreado la historia en imágenes y ha atrapado el tiempo y sus espacios.

Lector, en este momento mira a los lados, quizás  estés en el encuadre de algún nativo digital, ten cuidado, porque te pueden agarrar  movido en la foto…