Con motivo de la partida de Kuruvinda

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UN TAL KURUVINDA

Hace cuatro años, en la tercera edición aniversaria de este diario, publiqué una breve crónica cuyo título hoy repito. El texto, que ahora juzgo torpe, relataba mi encuentro con Régulo Díaz, a quien entrevisté en el mismo ancianato desangelado donde murió este sábado. Entonces me dediqué a retratar en pocas (insuficientes) cuartillas a un personaje que ya había empezado a desaparecer de la memoria regional.

Esa ausencia fue uno de los puntos esenciales de la crónica, que en aquellas líneas califiqué como “la necesaria noticia sobre el olvido”. Después de ver la muda soledad en la que vivía el maestro, sentí la urgencia de denunciar su situación. Prácticamente nadie lo visitaba. Quizá la mayoría ya lo daba por muerto. Él mismo se quejó, además, durante nuestra charla, de “tener que vivir solo entre enfermos mentales”. Supe ese día que a don Régulo, más que la vejez y aquel lugar en el que se hallaba, lo que le torturaba era la falta absoluta de interlocutores.

Kuruvinda, entonces de 95 años, aún conservaba su lucidez, y durante más de cuatro horas se dedicó a conversar (más bien monologar), paseándose por los temas más disímiles; trasladándose a geografías remotas y sucesos lejanos, con la cómoda facilidad que su erudición le garantizaba. Complacido con nuestra visita, Díaz intentaba olvidar lo que era su vida en aquel momento: poco dijo de su rutina diaria, casi nada de la habitación que compartía con dos ancianos más. Y cuando advertía cualquier amago de despedida, como un ilusionista curtido, se sacaba del bolsillo una historia tremenda, cautivándonos otra vez; comprando con destreza nuevos y valiosísimos minutos de compañía.

Por aquellos días el legendario cronista aún podía leer. Con sus lentes puestos, alumbrado por una lámpara potente y lupa en mano, se pasaba las tardes revisando textos: filosofía, religión, idiomas, literatura; de todo leía. Nada le era ajeno. Cuando le recordé que casi alcanzaba los cien años (como si eso fuera necesario), y le pregunté cómo veía lo que había sido su larga y prolífica vida, me desarmó con una frase inconforme: “hijo, si pudiera, me gustaría vivir trescientos”. De esta manera, y varias veces durante la conversación, Kuruvinda insistió en que lo suyo había sido siempre “una obsesión por la búsqueda de conocimiento”. Y sólo así se explica la energía que lo empujó a viajar, a conspirar contra Pérez Jiménez, a pintar, a escribir, a buscar tesoros, incluso.

Tenía un ego notorio, y lo recordará cualquiera que haya tenido la oportunidad de conversar con él. Sólo, eso sí, que sabía matizarlo en la filigrana de una amena plática intelectual. Quizá por ese aprecio que se tenía a sí mismo eligió su originalísimo apodo: Kuruvinda, que significa según él mismo me explicó (¿en sánscrito, en arameo?), joya o piedra preciosa.

Confieso que conservaba la esperanza de ver al maestro cumplir los cien años. Lo veía como una meta, en ese afán pueril que todos tenemos por los números redondos. Sé que recientemente lo homenajearon. Sé que se llevó ese gesto en el bolsillo, aunque no estoy seguro de que eso cambiara demasiado su rutina y estado de ánimo de los últimos años. En todo caso, me mantengo inconforme. Creo, insisto en que Maracaibo le dio la espalda a su gran cronista. Salvo una portada de revista y una que otra cita, Régulo Díaz pasó buena parte de su última década entre las sombras. Solo, como un museo desmesurado y ajeno, rara vez visitado por turistas de paso. Se nos volvió leyenda estando vivo. Se nos hizo distante, pero porque así lo quisimos. Se convirtió en su propia estatua; en memoria y bronce, en hemeroteca y empolvada fecha patria.

Ahora vendrán los homenajes, las órdenes, los discursos, las bibliotecas con su nombre, los decretos. Pero es tarde. Será, con toda seguridad, una oda al desconocimiento. Un tributo extraño. Otra demostración de nuestra desmemoria y una manera, vulgar y tardía, de ponerle una guirnalda a mi erudito predilecto. Ese que aquella tarde de 2001 una enfermera, al preguntarle si conocía a su noble huésped, capitalizando toda la ignorancia maracucha, identificó con un asomo de duda: “un tal Kuruvinda”.