Tino Rodríguez, el caballero cantor

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“El hombre siempre va atado a algo sagrado o maldito”
Augusto Roa Bastos (Paraguay, 1917-2005)

Las costas del estado Falcón vieron nacer a Celestino Rodríguez, el 6 de abril de 1931, en la rada de Puerto Cumarebo. Allí, una estatua con la imagen del cantor, recibe a los turistas y visitantes, la pieza lo presenta ejecutando su guitarra, como en una eterna serenata a su tierra:

“A mi tierra querida yo le canto
con todo el sentimiento esta canción,
quiero mostrar al mundo los encantos
que adornan mi lindísima región”

A los 12 años de edad, luego de negarse a ir a la escuela, se embarcó en un camión que llevaba frutas y legumbres a Santiago de León de Caracas. En la larga travesía sólo comió mangos, llevó tumbos y trastazos como un guacal más, hasta que lo dejaron en Plaza Venezuela, solo, sin recursos, sin parientes. Se hizo amigo de los comerciantes en poco tiempo, trabajó y convivió allí por varios años. Luego entró a la Academia Militar en Camatagua; estudió clarinete, se hizo miembro de la Banda Marcial y finalmente se recibió como músico asimilado a la Fuerza Militar Venezolana.

En el año 1957 se embarcó en Maiquetía rumbo a Maracaibo, llegó por el antiguo aeropuerto Grano de Oro, en un avión DC-3 de hélices, un vuelo que duró cerca de dos horas. Llegó con su guitarra y sus florecientes 26 años de edad, lleno de ganas de vivir y dispuesto a hacer historia en una ciudad desconocida para él.

Tino Ramón Rodríguez fue padre amoroso de 17 hijos, conoció a 40 de sus nietos, a los que amó cada minuto de su vida. Sus esposas fueron Ana Gutiérrez, en sus primeras nupcias. Y luego se casó con Diana Piña, a quien dedicó infinitas canciones hasta el final de sus días.

Logró ser cantante y saxofonista estelar de la orquesta “Garrido y sus Solistas”, fue integrante del “Súper Combo Los Tropicales”, orquesta creada y dirigida por el genio italiano  Pepino Terenzzio junto a su socio y paisano Sante Píssare, quienes llegaron al puerto de Maracaibo después de la Segunda Guerra Mundial, eran respetados jazzistas.

En 1969 grabó con los Cardenales del Éxito el tema emblema de Firmo Segundo Rincón: “Nuestra Plegaria” un obituario cantado dedicado a Ricardo Aguirre, compuesto en tonalidad menor y en tiempo de danza:

“Dónde estabas tú Papadios
que no saliste en resguardo
del monumental Ricardo
cuando un golpe tan atroz
lo llevó del cielo en pos
consternando a los zulianos
que nunca podrán mi hermano decirle adiós.
Mientras se escuche su voz, jamás le dirán adiós”
(Rincón, 1969)

Tino hizo una dupla creativa que alcanzó una gran química con el maestro Rafael Rincón González, tuvieron una exitosa cosecha; juntos colocaron en la memoria colectiva más de 30 temas, entre danzas y valses inmortales como “Los Pregones” compuesto en una madrugada de 1945, cuando Rafael fue al puerto de Maracaibo para despedir a su hermano menor, quien zarpó en una piragua hacia el sur del lago:

“Va cantando el pregonero
vendiendo su mercancía
son las cinco y el lechero
nos viene anunciando el día”

Vi actuar al gran Tino en mucho conciertos memorables, pero recuerdo con especial afecto su actuación en la plaza de la Facultad de Humanidades de LUZ al lado de Alí Primera, su paisano y amigo, eso fue a principio de los años 80. Cómo olvidar la actuación en el Teatro Baralt con motivo del aniversario de la cadena de automercados Centro 99, en 2002. En mi memoria viven las ocasiones en las que visitó mi programa Sabor Gaitero, donde cantó con su hijo Tinito. Conversaba con maestría, mostrando la magia verbal que poseía, con la que imantaba a los auditorios.

En el año 2007 logramos unir en un mismo escenario a cuatro grandes iconos de la danza y la décima zuliana, fue en el auditorio de APUZ de la Universidad del Zulia. Esa noche estuvieron allí: Pedro Palmar, Víctor Alvarado, Rafael Rincón González y Tino Rodríguez, todos plenos de felicidad. Fue una noche para ofrendarlos, donde cantaron sus temas Ricardo Cepeda, Danelo Badell y Huáscar Barradas. Tuve el honor de animar ese evento al lado de Ramón Soto Urdaneta y Mariana Ferrer Mello.

La última actuación suya, la disfruté en el concierto “Homenaje al Súper Combo Los Tropicales” en el Centro de Arte Lía Bermúdez, allí cantó su tema emblemático “Falcón” y estuvo compartiendo con Argenis Carruyo, Oscar Borjas, Huáscar Barradas, Chalo, Doris Salas y Martha Rey. Actuó con mucha solvencia vocal y con gran entusiasmo. Hasta llegó a simular que hacía ejercicios, movimientos gimnásticos en el centro del escenario.

En apoyo al pintor José Gotopo, cantó por última vez en el Aula Magna de la Universidad Rafael Urdaneta, ese reconocido artista plástico necesitaba un trasplante de riñón. En ese evento filantrópico, Tino compartió la escena con sus hijos y su hermano elegido en esta vida: Rafael Rincón González. Las fotografías de la ocasión las tomó Rafael Muñoz Porqué, las mismas lo muestran con una guayabera blanca impecable, absorto en su canto y al lado del juglar Rincón, nuestro pintor musical.

Tres días antes de cumplir los 79 años de edad, se marchó Celestino “Tino” Rodríguez, un cantor que repartió su alma entre el Zulia y su natal Falcón. Lo venció una leucemia, la misma enfermedad que se llevó a su admirado colega borincano Tito Rodríguez, a quien tantas veces interpretó. Según sus familiares, murió consciente, entero, con mucha valentía, sin mayores sufrimientos, sin agonía: la muerte serena que regala Dios a los buenos hombres.

Recordaremos por muchos años su elegancia al cantar, su timbre de barítono impecable, su atinado trato para con sus colegas y presentadores con los que trabajó. Nos queda el testimonio del gran afecto que recibió del  público, los aplausos en tantos ámbitos. Con honores cerró un ciclo de 52 años en los escenarios, culminó su hermosa carrera musical.

Más de una vez escucharemos su frase de comienzo de sus actuaciones: “Buenas noches señoras y señores”, dejaba un inesperado silencio y luego remataba con otra frase: “Qué molleja e´ voz”.

Celestino Rodríguez toda su vida estuvo atado a la música, por ella vivió, siempre fue un don sagrado para él. Atravesó el estercolero de la farándula, lleno de vicios y degradación, sin mancharse, sin atarse jamás a ese potro salvaje de la vanidad que lleva a la podredumbre. Desde la cima de su arte se abrazó a la música, al amor familiar, con la férrea lealtad a sus amigos, y en definitiva: sus hermanos inseparables.

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