Juan Gelman: no te daremos por muerto

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“Las palabras apuntan, son flechas.
Flechas clavadas en el cuero tosco de la realidad”
Susan Sontag (Nueva York, 1933-2004)

Tratar de anunciar la muerte de Juan Gelman es como intentar apagar de un golpe todos los tangos de Gardel, como tratar de impedir que alguien entone las notas que portan sus versos, que relatan historias de amantes en crisis y de fontanas enamoradas. Decir murió Gelman, es como querer esconder todos los ejemplares de “Rayuela”, tratar de borrar las solapas de sus infinitas ediciones para que nadie vea la fotico de Cortázar.  Es una tarea absolutamente infructuosa, porque el poeta de Villa Crespo vivió 83 años con todos sus días, sus noches y sus sueños. Empleó lo mejor de su tiempo en crear  lenguaje, hacer poemas y crónicas memorables, vivir el fútbol pasional, y buscar sin tregua a sus seres queridos, que les fueron arrebatados sin piedad. En definitiva: empleó su vida en darle al mundo otra voz.

La inmortalidad del poeta Juan Gelman comenzó cuando le inventaron su apellido los gendarmes que recibieron a su familia judía en el puerto de Buenos Aires, sus padres eran tímidos ucranianos:  José Mirotchnik y Paulina. Venían huyendo del espanto de la guerra y las hambrunas. Llevaban es sus espaldas el peso de un apellido prestado a los alemanes: Hellmann, mote que les permitió su salida de la Rusia zarista en 1912. Ese día del arribo, los agentes bonaerenses de turno les preguntaron ¿cómo se llaman ustedes? y así como sonó su respuesta lo anotaron en sus libretas de aduana: “g-e-l-m-a-n”.

El primer encuentro de Juan con la poesía, “la señora que comenzó a visitarlo sin anunciarse”, lo tuvo gracias a su hermano mayor Boris, quien le recitaba versos de Alesandr Pushkin en ruso, versos que él no entendía, pero disfrutaba el ritmo de los extraños fonemas, su musicalidad casi percutiva y gutural. A los nueve años escribió su primer poema, dedicado a una vecina que lo enamoraba de nombre Ana. Y a pesar que nunca la conquistó, la otra señora, la de los versos, la etérea y nocturna; lo siguió visitando en su soledad:

“Me he acostumbrado a beber la noche lentamente,
porque sé que la habitas, no importa dónde,
poblándola de sueños”

Logró publicar 30 poemarios, obras que han paseado por muchas lenguas, por muchos escenarios y naciones remotas.

Confieso que yo lo admiré, no solo por su don para la poesía, sino por su trabajo periodístico, trabajos que publicaba cada semana. Él escudriñaba el mundo, buscaba las verdades y las relataba en sus crónicas. Afirmó: “A través del periodismo yo manifiesto mi posición política”. Al igual que Rodolfo Walsh y Tomás Eloy Martínez, el flaco Gelman siempre convivió con la literatura y el periodismo. Alguna vez dijo: “La poesía y el periodismo son mis vecinos, viven en diferentes pisos de mi edificio”.

El 24 de agosto de 1976 se produjo un hecho terrible que marcó la vida del poeta porteño, le dio un tono más grave a su voz, una luz más triste a su mirada, a sus ojos de pez anciano. Un comando militar a las órdenes del dictador Jorge Videla, secuestró a su hijo Marcelo Ariel y a su esposa Claudia con siete meses de embarazo. Ese día comenzó una búsqueda desesperada que duró 13 años. Los restos de su hijo aparecieron el 6 de enero de 1990 en un tonel, tapiado con cemento al igual que el de su nuera. Gelman recibió la solidaridad de muchos artistas en el mundo entero y once años después de esa tragedia, recuperó a su nieta Macarena, había nacido en cautiverio en Uruguay y la crió la familia de un policía montevideano. Ellos le prestaron sus apellidos, absolutamente ajenos a su estirpe. Ante esa tragedia, su abuelo publicó un desgarrador poema que tituló “carta abierta”:

“El 24 de agosto de 1976
mi hijo Marcelo Ariel y
su mujer Claudia, encinta,
fueron secuestrados en
Buenos Aires por un
comando militar.
Como decenas de miles
de otros casos, la dictadura
militar nunca reconoció
oficialmente a estos
desaparecidos.
Hablo de
los ausentes para siempre.
hasta que no vea sus cadáveres
o a sus asesinos, nunca los
daré por muertos”

En esencia Juan Gelman fue un poeta del amor, de la solidaridad y la sencillez. Con una gran demostración de resiliencia, convirtió el dolor en arte. Se caracterizó por utilizar diminutivos para expresar sentimientos colosales:

“siempre le vi ramitas verdes en las manos con que fregaba el día,
limpiaba suciedades del mundo, lavaba el piso del sur”

Entre sus actividades artísticas más relevantes, Gelman realizó un ciclo de concierto-recitales con su paisano Rodolfo Mederos, reconocido maestro del bandoneón nacido en 1940.

Esos recitales fueron muy celebrados, grabados para la televisión, colgados en la redes electrónicas. En el escenario aparecían tres músicos: un guitarrista, un contrabajista y el maestro bandoneonista Mederos. En una mesa, a un lado del escenario, con una copa de vino tinto servida, aparecía el maestro Juan Gelman con su poemario en las manos. Fueron joyas en escena que entrelazaban la poesía, el tango instrumental y su gestualidad sobria. Ese evento de gran tenor artístico lo llamaron “Del amor”.

Gelman militó en el Partido Comunista de Argentina desde los 17 años de edad, después fue miembro de Los Montoneros. Desde que la dictadura lo obligó a ser exiliado en 1975, se convirtió en un embajador de los torturados y desparecidos de su país ante el mundo. En la Universidad de Alcalá de Henares el 23 de abril de 2007, en su discurso de aceptación del Premio Cervantes ante la realeza y la Academia Española dijo: “La dictadura militar argentina desapareció a 30.000 personas y cabe señalar que la palabra “desaparecido” es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto”. Fue un hombre comprometido con la justicia, la equidad y la vida.

La película “El lado oscuro del corazón” de Eliseo Subiela (1992) muestra al actor Dario Grandinetti recitando poemas de Gelman. Una escena memorable sucede en el buquebus que cruza el Río de la Plata, va de Montevideo a Buenos Aires, el actor relata versos de “Sefiní”:

“Basta,
por esta noche cierro la puerta
me pongo el saco
guardo los papelitos
donde no hago sino hablar de ti
mentir sobre tu paradero
cuerpo que me has de temblar”

Ese laureado filme propició un encuentro del poeta con los auditorios más jóvenes del continente en ese momento, más allá de sus libros, esa cinta representó una catapulta.

El nuevo siglo le trajo al poeta muchas satisfacciones que el siglo XX le negó. Recibió el premio Juan Rulfo 2000 en México. Le fue otorgado el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda y el Reina Sofía de España en 2005. Al lado de su nieta Macarena Gelman García, recibió el máximo galardón de las letras hispanas, el Cervantes 2007.  A su nieta le escribió:

“Así que has vuelto
como si hubiera pasado nada.
como si el campo de concentración,
no como si hace 23 años
que no escucho tu voz ni te veo.
Han vuelto el oso verde, tu
sobretodo larguísimo y yo
padre de entonces
hemos vuelto a tu hijar incesante”

Macarena junto a la mujer del poeta, Mara Lamadrid; fueron las encargadas de anunciar su deceso la tarde del 14 de enero de 2014 en México, país que amó y fue su morada por 20 años. Según relataron los periodistas que cubrieron sus exequias, a Juan se lo llevó una leucemia agresiva, mortal, cosa que no lograron ni las dictaduras del sur, ni las sentencias a muerte de sus enemigos políticos. Su partida nos obliga a cambiar el tiempo de los verbos al referirnos a él, del presente al pretérito, todo lo demás sigue igual: la emoción al escuchar su poesía, la vigencia de su propuesta verbal, su timbre de voz en los portales. Como él mismo dijo: “No se muere de amor, se vive de amor.” En las redes electrónicas circuló un poema que él regaló al cantor andaluz Joaquín Sabina, no es más que un testamento en versos:

“Cada día me acerco más a mi esqueleto, esqueleto saqueado.
Pronto no estorbará tu vista ninguna veleidad”

Juan Gelman, ahora despojado de su delgado cuerpo, el que llevó Elena Poniatowska a describirlo “tímido y frágil como un pájaro”. Sin su bigote cano, sin su voz impecable de barítono, nos acompañará desde los rincones de las bibliotecas, desde los dancings, los bares y bulevares. Como siempre: fumando Fontanares entre notas de bandoneón, tomando tragos de ginebra para alejar la muerte. Su entrañable amigo y vecino colindante, el poeta defeño José Emilio Pacheco ha dicho sobre él: “No es muy usual por estos días, pero su existencia estremecida por todas las tormentas, tuvo un final feliz”. Sin duda, el mundo poético gelmaniano tiene mil puertas y todas permanecerán abiertas.

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