Víctor Alvarado: Canción del viento en los guijarros

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A las 3:54 de la tarde del sábado 3 de enero de 2015, murió el cantautor zuliano Víctor Alvarado tras sufrir una afección respiratoria. El deceso se produjo en una clínica de la capital zuliana.

El cantor de la Isla de Toas, como era conocido, desde 1957 editó más de veinte discos de larga duración, incluyendo temas como “Canto a mi Toas”, “Mi silencio”, “Alcohol y llanto”, “Padre mío”, “A mi madre”, “Ojos verdes”, “Dile a tus ojos”, “Fuego lento”, “Serenatas”, “Para usted”, “El amor aquel”, “Esa es mi razón” y “Mi diosa Toas”.

La composición “Canto a mi Toas”, de su paisano Leví Parra es parte obligada de su repertorio, así como la gaita “Añoranza” compuesta por Heberto J. Pedraja, la cual interpretó como invitado del conjunto San Isidro, en 1963.

Aunque el “Cantor de la Isla” vivía desde hace más de tres décadas en la casa número 89-39 de la avenida 16A, en Maracaibo, mostraba intacto en sus ojos el amor por la “Diosa Toas”, la isla que lo vio nacer, el 28 de diciembre de 1938, y cuyo paisaje le inspiró a escribir varias canciones y expresar su admiración cuando interpretaba “Canto a mi Toas” del poeta Levi Parra, considerado como el trovador de la isla.

IN MEMORIAM

Víctor Alvarado: Canción del viento en los guijarros (Óug déi úb bah teireyatï)

Ahora que los tiempos reclaman sus memorias entre las piedras.
Ahora que verdades invisibles anuncian la naciente humanidad.
Sólo la voz del viento silbará por las ramas resecas y la noche.
Un hombre respira torbellinos de oxígeno insular. La multitud silencia.
El hombre como el guijarro inspira poemas de andadura.
Andares son marinerías de una cercana lontananza. Cantares íntimos.
Él es sedimento de un ser isleño infinito como barco mítico en los cielos.
Decir isla en esta sonata para marullos ensangrentados, es beso de honduras.
El cantor tiene facultades de archipiélagos afinados con son de sal.
Su mundo es bajarse del peñero enredado en atarrayas. Desea mutar en pez.
Siempre, es la calle donde esconde ese tesoro vital que le dio historia.
La casa celeste de porche breve con dos escalones antes del abrazo.
El bar que en la esquina abre su garganta para que te adoremos.
La tarde es clara como los turpiales que brotan alegres de tu pecho.
La hermandad se ha tatuado en las huellas de tu viaje armónico.
Tus baúles custodian tesoros que sólo la poesía sabrá descifrar.
Tu sonrisa guarda con modestia el homenaje universal del sol.
Nuestros brazos abiertos vibran de amor para alcanzarte.
Cantor de mis recuerdos. De mi vida juglar.

Ildefonso Finol